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El llamado de Dios es personalísimo
Identidad

El llamado de Dios es personalísimo

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, sé Tú la luz que ilumine mi vida y me ayude a ver con claridad quién soy en realidad. Dame tu gracia para aceptarme tal como soy, como Tú me has creado, con todas mis fortalezas y debilidades; y ayúdame a lanzarme sin miedo en el seguimiento de tu voluntad.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 21, 20-25

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: “Sígueme”. Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?” Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¿qué va pasar con éste?» Jesús le respondió: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir. Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: “Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?”.

Éste es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo mundo los libros que se escribieran.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Ya antes habíamos visto que es Jesús quien confirma a Pedro su propia identidad: «Simón, hijo de Juan… tú eres Pedro» (Mt 16, 17-19). Pues solo en Dios, que nos conoce a la perfección, podemos descubrirnos más profundamente a nosotros mismos. Es confrontándose con la mirada de Dios que Pedro descubre de qué está hecho y quién es realmente. Y ahora, vemos que a esa identidad corresponde un llamado del Señor. Un deseo del corazón de Jesús; un plan de Dios para Simón que le dio desde el momento de su creación. Este es siempre un llamado al amor, pero este amor tiene un modo en que se concretiza de acuerdo con la identidad de la persona, a los deseos más profundos de su corazón que Dios mismo ha puesto ahí. El llamado es fruto de la generosidad de Dios que te invita a participar a ti de su propia obra. Dios no es un egoísta que lo hace todo por sí solo, sino que le gusta involucrar a sus hijos en sus acciones y sus obras.

Por eso, al preguntar Pedro acerca del llamado al otro discípulo, Jesús vuelve a traer la mirada de Pedro hacia sí. No lo veas a él, tú sígueme. El camino que pensé para ti nadie más lo puede recorrer. Porque sé quién eres, he pensado para ti aquello que puede realmente llevarte a la plenitud y llevarte a alcanzar la mayor intimidad conmigo. Quizás no lo entiendes ahora, pero lo entenderás más tarde.

«La buena noticia es que Él está dispuesto a limpiarnos, la buena noticia es que todavía no estamos terminados, estamos en proceso de fabricación, que como buenos discípulos estamos en camino. ¿Cómo va cortando Jesús los factores de muerte que anidan en nuestra vida y distorsionan el llamado? Invitándonos a permanecer en Él; permanecer no significa solamente estar, sino que indica mantener una relación vital, existencial, de absoluta necesidad; es vivir y crecer en unión fecunda con Jesús, fuente de vida eterna. Permanecer en Jesús no puede ser una actitud meramente pasiva o un simple abandono sin consecuencias en la vida cotidiana, siempre trae una consecuencia, siempre».
(Discurso de S.S. Francisco, 9 de septiembre de 2017).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Dedicar un breve tiempo para leer el salmo 139 (138): Señor Tú me sondeas y me conoces… y dialogar con Dios acerca de mi identidad y mi misión.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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