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La clave de la santidad
Identidad

La clave de la santidad

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Dame la gracia, Señor, de hacer una experiencia…, una experiencia real de tu amor.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Este recibe a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo entonces esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse.

¿Y qué mujer hay, que, si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: 'Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido'. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

En este pasaje, Jesús nos muestra un rasgo muy característico de su Corazón: la Misericordia. La parábola de la oveja perdida nos enseña que Jesús nos perdona siempre, es más, está ansioso de que le pidamos perdón, de que acudamos a Él en busca de su amor. Nuestro Señor Jesús jamás se va a cansar de bajar hasta nosotros, por muy sucios y llenos de barro que estemos, para limpiarnos, levantarnos y ayudarnos a seguir adelante.

A veces nos sentimos mal, porque caemos mucho, porque nos ensuciamos mucho del barro del pecado. Pero, realmente, a Jesús le da igual cuántas veces caigamos, lo importante es que cada vez acudamos a Él para que nos levante.

Los santos no son los que no se ensucian, ni los que no caen. La única diferencia entre uno que es santo y otro que no, es que el santo siempre se dejó ayudar por Jesús cada vez que cayó y siempre siguió adelante, nunca se cansó de caer ni se quedó sumido en su miseria, sino que confió siempre en la Misericordia del Corazón del Padre.

«¿Cómo podemos derrotar el mal? Aceptando el perdón de Dios y el perdón de nuestros hermanos. Pasa cada vez que nos confesamos: allí recibimos el amor del Padre que vence nuestro pecado: desaparece, Dios se olvida de él. Dios, cuando perdona, pierde la memoria, olvida nuestros pecados, olvida. ¡Dios es tan bueno con nosotros! No como nosotros, que después de decir “no pasa nada”, a la primera oportunidad recordamos con intereses el mal que nos han hecho. No, Dios borra el mal, nos renueva en nosotros y así renace en nosotros la alegría, no la tristeza, no la oscuridad en el corazón, no la sospecha, sino la alegría. Hermanos y hermanas, ánimo, con Dios, ningún pecado tiene la última palabra. La Virgen, que desata los nudos de la vida, nos libera de la pretensión de creernos justos y nos hace sentir la necesidad de ir al Señor, que siempre nos espera para abrazarnos, para perdonarnos».
(Homilía de S.S. Francisco, 15 de septiembre de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Haré un examen de conciencia al final del día y dedicaré un tiempo para agradecer a Jesús por la misericordia que ha tenido conmigo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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