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Un gran regalo… que no agradecemos
Identidad

Un gran regalo… que no agradecemos

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, que abra mi corazón a tus inspiraciones para poder, así, cumplir siempre tu santa voluntad.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ese yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de Aquél que procede de Dios. Ése sí ha visto al Padre. Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron. Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que Yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida».

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

«Y yo lo resucitaré el último día», dice el Señor en el Evangelio de hoy. Cuánta alegría debe despertar en nuestros corazones el sabernos redimidos, saber que el último día nos encontraremos con Él, que podremos contemplarlo cara a cara. Pero para poder contemplar su amor no es necesario esperar hasta la resurrección, lo podemos experimentar desde ya en los sacramentos, en la santa Eucaristía, que es el centro y culmen de la vida del cristiano.

Busquemos participar de ella con espíritu de gratitud como lo hizo nuestra santísima Madre. ¿Cómo habrán sido las primeras eucaristías en el cenáculo? ¿Cómo habrá predispuesto su corazón ella que primero lo tuvo en su vientre y después lo recibe en las especies sacramentales?

«Yo soy el pan de la vida», ¿participo de la Eucaristía con la certeza de que es el pan que da vida a mi alma? Ésa debe ser una pregunta recurrente en nuestra preparación para recibir este santo misterio, contemplar la Sagrada Eucaristía, adorarla, es ella el pan que da la vida. Pensemos cuántas veces está Jesús solo, abandonado en los sagrarios; pensemos en las veces que pasamos por la puerta de una Iglesia, en la que esta Jesús sacramentado, y quizás por prisa o «falta de tiempo» o respeto humano, y tantas otras excusas que podemos poner, dejamos de visitar a nuestro Señor que espera allí paciente en el sagrario. Pidamos la gracia de ser verdaderos discípulos, apóstoles incansables, que no se desaniman ante las adversidades, sino que buscan ser fieles seguidores de Aquel que los amó primero.

Pidamos a María, ella que fue mujer eucarística por excelencia, ella que fue el primer sagrario, que cultive en nuestros corazones ese amor y gratitud a Dios por tan gran regalo para nuestra salvación y del mundo entero.

«Para tener esta vida es necesario nutrirse del Evangelio y del amor de los hermanos. Frente a la invitación de Jesús a nutrirnos con su Cuerpo y su Sangre, podremos sentir la necesidad de discutir y de resistir, como hicieron los que escuchaban de los que habla el Evangelio de hoy. Esto sucede cuando nos cuesta mucho modelar nuestra existencia sobre la de Jesús, y actuar según sus criterios y no según los criterios del mundo. Nutriéndonos con este alimento podemos entrar en plena sintonía con Cristo, como sus sentimientos, con sus comportamientos. Esto es muy importante: ir a misa y comunicarse, porque recibir la comunión es recibir este Cristo vivo, que nos transforma dentro y nos prepara para el cielo. Que la Virgen María sostenga nuestro propósito de hacer comunión con Jesucristo, nutriéndonos de su eucaristía, para convertirnos a su vez en pan partido por los hermanos.»
(Ángelus de S.S. Francisco, 19 de agosto de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración. Disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Buscar hacer una visita eucarística, acompañando a Jesús en los sagrarios en los que hoy nadie lo haya visitado.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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